Un artículo de nuestra colaboradora Irene Tarragó

La semana que viene ya es Semana Santa. Este año, otra vez, nos vamos a pasarla en Calanda, la casa de la familia de mi marido. Nos juntaremos con uno de nuestros hijos y su familia, y algunos sobrinos con las suyas. En total, 16 personas. Este año mi hijo pequeño no puede venir.

Es algo que no debiera perderse en las familias: las ganas de juntarse, hacer que los primos se traten, porque con los tiempos que corren y viviendo en Madrid, es muy raro que esa tercera generación, los que hoy son niños, se junten. Así que aprovechamos estas oportunidades para que convivan y se vayan conociendo. Hasta ahora, solo nos juntábamos en Navidades, y alguna ocasión esporádica. El año pasado ya nos juntamos en Semana Santa y este año repetiremos.

Los mayores del equipo somos mi marido y yo y, aunque nos estamos encargando del avituallamiento, pues ya traemos comida preparada y congelada, allí colaboraremos todos. El año pasado fue genial, pues todos pudimos disfrutar de excursiones, salidas, procesiones, sin que nadie quedara esclavizado en casa haciendo tareas. Fue un trabajo de equipo y espero que este año también lo sea.

Es algo que no debiera perderse en las familias: las ganas de juntarse…

Espero poder seguir disfrutando durante mucho tiempo de mi familia y de la vida, pero estoy completamente convencida de que hay que disfrutar más de la vida, no enfadarse o hacerlo lo mínimo posible, tirar siempre para adelante, convivir con lo que te haya tocado sin convertirlo en un drama diario y saber que siempre, siempre hay alguien que está mucho peor que tú. Yo siempre digo que soy una afortunada, a pesar de tener dos enfermedades crónicas. Pero no me considero una persona enferma, sino alguien con unas circunstancias especiales, como todo el mundo, vamos. ¿Alguien conoce a alguien que sea exactamente igual a el/ella mismo? Decía mi padre: Cada uno tiene sus “cadaunadas”. Y es verdad. Todos somos diferentes, aunque todos somos iguales.

Así que os animo a todos a disfrutar. Como os decía en el artículo de marzo: yo, desde mi pequeña parcela “seguiré luchando por las personas con epilepsia en general y por las mujeres en particular”, pero lo haré disfrutando, sabiendo que la verdad va conmigo, que lo que hago puede ayudar a mucha gente, que el simple hecho de “hablar de epilepsia” ya es un paso para normalizar esta enfermedad y para que se nos vea como personas normales y corrientes que tenemos una enfermedad. Para que no nos teman, ni se alejen, sino que se acerquen a ayudarnos si lo necesitamos y sepan qué hacer.

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